
Se trata de una construcción de reducidas dimensiones y gran sencillez constructiva, y sin embargo, durante su larga vida ha sido una pieza fundamental en los modos de vida de las gentes de la aldea. Normalmente era utilizado por dos vecinos a la vez, para lo cual uno de ellos marcaba el pan con una cruz para reconocerlo una vez terminada la hornada. En otras ocasiones podía ocurrir que participaran más de dos vecinos para llenar el horno y rentabilizar así la leña para cada hornada. Para luego reconocer el pan cada vecino tenía un sello privado que estampaba en el pan antes de la cocción.
Del cuidado y limpieza del horno se encargaban los vecinos, quienes además de encalarlo al menos una vez al año y limpiarlo diariamente, traían leña del campo más cercano.